Hoy me atreveré a sentenciar algunos episodios ajenos, no porque no los haya sentido alguna vez, sino porque a veces ver el mundo desde la Luna es divertido, por lo menos se puede observar con mayor imparcialidad. Dejo constancia de que me atreví a robar historias ajenas para generar las sentencias, porque mi única confesión actual es que desde la Luna se vive feliz... y lo mejor: se ve la tierra en su dimensión real.
Es curioso ver cómo se palidecen las sonrisas cuando llega al corazón la enfermedad del despecho, esa que por lo general termina por afectar el amor propio más que al corazón como tal; nos duele el orgullo, se sube la presión arterial de la esperanza, se generan carcinomas en las ganas, se comienza una carrera por buscar los por qué de terceros.
Es hasta chistoso ver la forma como se transforman las palabras, las visiones, las sensaciones, las expresiones faciales y hasta las del interior de nuestro ser.
La agonía de la ausencia nos da hasta desespero, nos hace sentir incompletos, nos llena de temores hacia el final del camino; pero si se es honesto, antes de culminar la "relación de la vida" se estaba inconforme con muchísimas cosas, incluso habíamos hasta pensado que eso no iba a terminar en nada si el tercero en cuestión no cambiaba actitudes... jajaja, qué tristeza que nuestra felicidad esté apostada en la presencia de otro ser, aun sabiendo que cuando lo teníamos a nuestro lado en ocasiones ni nos lo aguantábamos.
Sentencio a nuestro amor propio por enceguecernos la proyección de vida, sentencio el apestoso afán de apostarle nuestra vida a otros que ni siquiera han pensado para dónde van, sentencio a nuestra mente por hacernos creer que estamos enamorados de un ser que a veces ni siquiera está, sentencio que la mayoría de las veces no nos enamoramos de otro sino del amor.
SENTENCIO QUE ES PENOSO VER CÓMO SE NOS AGOTAN LAS POSIBILIDADES DE LOS MINUTOS PRESENTES POR ESTAR RECLAMÁNDOLES A LOS PASADOS CÓMO SE NOS TIRARON EN LOS FUTUROS.
HE DICHO.
Ninguis
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