Qué cruel pesadilla esta de la consabida razón… un silencio abudante en carencias y escaso de deseo; una promesa futura para un olvido seguro. Y así era la urbanidad, un cuento interminable de corazones que seguían siendo arquitectos de futuros en ruinas y de pasados reconstruidos permanentemente. Esos eran los colores, unos grises a los que no les alcanzó el negro para ser plomo y mucho menos acero… sólo grises. Unos jeans desgastados que me hacían creer en el capitalismo… en ese que todos atacaban porque terminaba con todo y a mí sólo me quedaban las pruebas de que perduraban ante todo... pues, al fin y al cabo, fueron hechos a imagen y semejanza de su creador… y con mis pantalones llevaba ya más de 10 años y ellos ahí, al pie de la lucha.. transformados por las épocas pero al fin tan gringos, tan monos, tan chamos, tan chicos, tan majos… tan mundiales… tan de todos. Era tan original, mis rascacielos seguían tocando mis órganos internos y yo procurando evitar no muy en serio un enfisema… y reía… con humo en mi lengua y con nicotina calmante en mis venas. Esa era la rutina de un cotidiano pasado por agua, calentado al baño maría… ese que demás que salió de la época de los locos, quién sabe quién fue la tal maría a la que cocinaron indirectamente… esa que quedó justo antes del punto de cocción.. no tan de frente, no tan lejano.. pero que , de todos modos, quemaba. Y aquí estábamos… yo tan loca y tú peor por tratar de entender que lo único que te dije aquí fueron la misma zarta de mentiras que se creyó la humanidad cuando trataron de persuadirla para que se dejara gobernar… estuviste conmigo en el parto de la transformación innovadora de la repetición. Y al fin de cuentas… uno, dos y… siempre la misma mierda.