12 de marzo de 2009
NATURALEZA INTERNA
Cierto día, uno de esos en los que así haga sol uno no lo ve, salí de paseo por una enorme pradera que hay en un rincón de mi alma y a la que, desde hace varios años, le había sembrado semillas de flores exóticas…
No sé por qué había presentido que en esa salida tendría un encuentro – quizás del tercer tipo, eso no lo sabe nadie -.
Luego de varios kilómetros de recorrido, me senté en un tronquito que tengo allí para hacer una parada obligatoria de descanso…
Estaba en silencio, porque las palabras me faltaban para consolarme o alegrarme, y un extraño ser me susurró al oído algo como “grunchim”.
Me asusté y miré para descubrir que había algo, un tanto peludito y otro poco suavecito, que me miraba con unos enormes ojos negros… brillantes… eternamente conversadores.
Era mi viejo amigo Dulf, ese que me pidió permiso un día para vivir en mi pradera y así poder encontrarse conmigo en los días que no pudiera ver el sol.
Le di un abrazo, aunque la verdad era tan pequeño que lo abracé con mi pulgar y el índice de la mano derecha.
No dije nada - al fin y al cabo no estaba hablando desde hacía rato – pero él se subió a mi mano, me pidió que lo pusiera frente a mi rostro… al hacerlo se quedó mirándome fijamente a los ojos, me pidió que los cerrara, los sopló suavemente y me dijo que no importaba que afuera estuviera a veces oscuro, porque ahora mi alma estaba brillante como para ver cualquier luz que saliera de alguna parte…
Sentía que él ya no estaba en mi mano.
Salió una lágrima de cada uno de mis ojos y, cuando los abrí, pude descubrir que ese día si había sol.
Un abrazo de duende, Ninguis.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
¡Haz lo que quieres!
Cada día es un cúmulo de oportunidades para realizar lo que quieres. No te quedes quieto pensando qué hacer, ni filosofando sobre tantas alt...
No hay comentarios:
Publicar un comentario