Y entonces, ¿para qué vine a este mundo? ¡Vaya pregunta! Un tanto existencial para la época.
Muchas son las ocasiones en las que nos empeñamos en hacernos preguntas un tanto irreverentes para nuestro tipo de vida, y no digo irreverentes por tratarse de una cuestión moralista, sino porque pocas veces nos detenemos a encontrar las respuestas.
Nos sentimos acosados por las deudas, la moda, el qué dirán, las excusas, las negaciones, las apariencias; y en ese ir y venir de cuestiones llamadas realidad o sistema, nos perdemos y no hallamos conclusiones satisfactorias a nuestras dudas circunstanciales y del alma.
Pongamos un ejemplo, cierto día nos levantamos con la firme intención de vivir nuestro presente y disfrutarlo al máximo. Todo marcha bien hasta el momento en que se nos ocurre revisar mentalmente la agenda del día… en ese instante comenzamos a recordar circunstancias como la cuenta de servicios que está por llegar, la cuota de la deuda aquella que no hemos podido cancelar, el regalo para fulana que cumple años el viernes, los celos que nos aquejan por los amigos de nuestra pareja o esos kilos de más que han ido apareciendo con el pasar de los años; lo peor es que terminamos concluyendo, luego de cinco minutos de razonamiento terrorista y negativo, que nuestra vida es una rutina incambiable y que definitivamente vinimos a este mundo fue a ¡sufrir!
Como si fuera poco, ni desayunamos por el afán de cumplir con un montón de responsabilidades que nos inventamos cuando pensamos en el sistema… esa es nuestra disculpa preferida cuando buscamos un culpable. Ese famoso sistema es supuestamente el que se posa en nuestra existencia y nos obliga a comprar artículos innecesarias, nos hace decir y hacer cosas con las que no estamos de acuerdo, nos obliga a educar hijos que crecen con la doctrina de que “no podrán ni ser ni hacer lo que los padres fueron, que deben ser mejores….” Y ¿quién entiende entonces la realidad de que fueron educados para crecer con el ejemplo?
Ese mismo sistema será entonces el que se les tire la vida porque alguien, alguna vez, se inventó este monstruo llamado SISTEMA que controla nuestras acciones y nos somete a una realidad cruel y despiadada en la que ocurren situaciones como: endeudarse por antojos como un carro de 60 millones de pesos, ropa costosísima de diseñadores, fiestas y reuniones donde prima la impresión que se lleven nuestros invitados sobre el dineral que nos gastamos en ello, hijos que deben ser mejores y sobresalir más que los de nuestro vecino, una casa que debe verse mejor que la de alguna amiga que nos atormenta por su posición económica, en fin, infinidad de elementos que sería interminable enumerar.
Un sistema que nos lleva a aguantarnos a nuestra pareja porque lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre y deberán estar juntos hasta que la muerte los separe, entonces llegará el punto en que le deseemos la muerte a nuestro acompañante para por fin liberarnos de la cadena.
Una red de obligaciones y aspectos que nunca en realidad se nos fueron entregados como condiciones de existencia en esta tierra. Simplemente nos creímos el cuento y nunca nos detuvimos a entender qué habíamos venido a hacer en esta vida.
Tampoco hay una misión específica para cada uno que será revelada en algún momento de trascendencia e iluminación; no habrá ningún llamado divino que nos llevará a tal fin. Ni siquiera habrá vidas castigadas para purificar su espíritu en caso de no entender la misión; el cáncer, el sida, y demás enfermedades que adquirimos, son por nuestra decisión de aprender por el camino más largo y espinoso.
NO hay necesidad de sufrir largos años de agonía para entender que a esta vida se vino fue a ser felices, a sentir al máximo nuestra existencia, a compartir con quienes convivimos, a maravillarnos con las creaciones de Dios o como quieran llamar a la energía más poderosa del cosmos.
Veámoslo de la siguiente manera, cuando se es niño se ve el mundo en su verdadera dimensión, no existen los problemas, no hay imposibles, nos deslumbra cada descubrimiento que hacemos, todo tiene sentido, todo puede ser y suceder, no nos preocupamos por el mañana sino por vivir el instante al máximo. No nos dejamos llevar por impresiones ajenas, aún cuando nos llenen de temor hacia la vida, seguimos descubriendo a hurtadillas qué hay detrás de las puertas o de los cajones prohibidos por los adultos.
Todos los seres son parte de nuestra realidad y no nos llenamos de prejuicios si los adultos no nos obligan a hacerlos. No hay negros, ni pobres, ni flacos, ni gordos, ni altos, ni bajitos; el mundo es fascinante y las criaturas que hay en él pueden ser nuestros amigos…
Cuando somos pequeños no tememos soñar, decir lo que sentimos, hacer lo que queremos, luchar por lo que nos imaginamos; entonces por qué cambiar esa actitud. Sería divertido despertar ese niño que alguna vez mandamos a dormir por el afán de ser “grandes” y descubrir de nuevo todo nuestro entorno.
Tal vez allí estén las respuestas a la pregunta inicial, vinimos a este planeta para vivir la existencia al máximo sin tanto adorno, sin ataduras, sin apegos, sin tanto miedo al ahora… al fin y al cabo es lo único real, ni el pasado, ni el futuro, ni el sistema están aquí… sólo contamos con un alma llena de energía, un cuerpo que materializa nuestra terrenalidad, una razón que es la mejor administradora de nuestras emociones y una cantidad de minutos presentes que se nos van pasando por ese afán inconmensurable de atrapar de vez en cuando un futuro que ni siquiera nos hemos propuesto soñar.
Ninguis
2 comentarios:
Sólo para hacerte una sugerencia:
Los mejores contactos son aquellos en los que mis ojos te ven, mi nariz te huele, mis oidos te escuchan, mi piel te siente y puedo saborear tu presencia.
Cuando mi vida natural te hace emanar como espíritu.
Iván Rodrigo.
Y para confirmar tu sugerencia qué tal si te digo que no hay más placer que despertar de un bonito sueño para leerte entre frases, sentirte entre trazos, dibujarte entre tantas enseñanzas recibidas y concluir que el mejor postgrado para el alma es conocer, entre colores, las suaves líneas de tus sentimientos.
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